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Vuelta a Ramsdale. Llegué hasta ella desde el lago. El soleado mediodía era todo ojos. Mientras me acercaba en mi automóvil enlodado, podía distinguir destellos de agua plateada entre los pinos lejanos. Viré hacia el cementerio y caminé entre los monumentos de piedra largos y bajos. Bonzhur, Charlotte. En algunas tumbas había pequeños pabellones nacionales pálidos y transparentes, clavados en el aire sin viento, bajo las siemprevivas. Vaya, Ed, qué mala suerte la tuya –me refiero a G. Edward Grammar, gerente de una oficina de Nueva York, de treinta y cinco años, acusado por entonces de haber asesinado a su mujer, Dorothy, de treinta y tres años–. Ed planeó el crimen perfecto: aporreó a su mujer y la metió en un automóvil. La cosa se descubrió cuando dos policías patrulleros del distrito vieron el enorme y flamante Chrysler azul de la señora Grammar –regalo de cumpleaños de su marido– que bajaba a velocidad fantástica de una colina, precisamente en la jurisdicción de los policías. (¡Dios bendiga a nuestros buenos polizontes!) El automóvil rozó un poste, subió un terraplén cubierto de cincoenramas, enredaderas y frambuesas silvestres, y volcó. Las ruedas aún giraban silenciosas en el resplandor del sol cuando los policías sacaron el cuerpo de la señora G. Al principio lo tomaron por un accidente común. Pero, ay, el cuerpo magullado de la mujer no se avenía con los daños insignificantes del automóvil.
Yo fui más hábil.

Reanudé la marcha. Era curioso ver de nuevo la esbelta iglesia blanca, los enormes álamos. Olvidando que en una calle suburbana de los Estados Unidos un peatón solitario es más conspicuo que un conductor solitario, dejé el automóvil en la avenida para caminar libremente hasta el 342 de la calle Lawn. Antes del derramamiento de sangre, merecía cierto alivio, un espasmo catártico de regurgitación mental. Las blancas persianas de la mansión de Junk2 estaban cerradas, y alguien había atado una cinta de terciopelo negra, sin duda encontrada en la calle, al letrero blanco, inclinado hacia la calle, que decía EN VENTA. Ningún perro ladró. Ningún jardinero telefoneó. Ninguna señorita Vecina estaba sentada en la galería con enredaderas, donde –para gran confusión del solitario peatón– dos mujeres jóvenes, con idénticas colas de caballo e idénticos delantales moteados, dejaron de hacer lo que estaban haciendo para mirarlo: la señorita Vecina debía haber muerto mucho antes y ésas serían sus sobrinas gemelas de Filadelfia.

¿Entraría en mi antigua casa? Como en un cuento de Turguenev, un torrente de música italiana llegó desde una ventana abierta: ¿qué alma romántica tocaba el piano donde ningún piano se había zambullido ni chapaleado en aquel domingo hechizado con el sol sobre sus piernas doradas? De pronto advertí desde el césped sobre el cual me había detenido, una nínfula de nueve o diez años (piel dorada, pelo castaño, pantalones cortos blancos), que me miraba con extática fascinación en sus grandes ojos de color azul-negro. Dije algo agradable, inocente, un cumplido europeo, qué bonitos ojos tienes, pero la niña se retiró a toda prisa y la música cesó de repente. Un hombre moreno de aire violento, brillante de sudor, salió de la casa y me clavó los ojos. Estaba a punto de identificarme cuando, como en medio de una pesadilla, tuve conciencia de mis pantalones enlodados, de mi sweater mugriento y roto, de mi barbilla sin afeitar, de mis ojos de vagabundo, inyectados de sangre... Sin decir una sola palabra, me volví y rehice el camino. Una flor anémica parecida a un áster crecía en una grieta de la acera que recordaba muy bien. Tras una serena resurrección, la señorita Vecina apareció en su silla de ruedas, empujada por sus sobrinas, en la galería, como si hubiera sido un escenario y yo el director de escena. Rogué que no me llamara y me precipité hacia el automóvil. Qué callecita empinada. Qué avenida profunda. Entre el limpiaparabrisas y el vidrio, un boleto rojo. Lo rompí cuidadosamente en dos, tres, ocho pedazos.

Sentí que perdía tiempo y avancé con energía hacia el hotel de la ciudad, al que más de cinco años antes había llegado con una maleta flamante. Tomé un cuarto, concerté dos citas por teléfono, me afeité, me bañé, me puse un traje negro y bajé a tomar un trago en el bar. Nada había cambiado. El bar estaba sumergido en la misma luz vaga, increíblemente roja, que hace años, en Europa, era característica de lugares deshonestos, pero que aquí pretendía crear cierta atmósfera en un hotel familiar. Me senté a la misma mesita ante la cual, en seguida de convertirme en el huésped de Charlotte, había considerado apropiado festejar la ocasión con ella y media botella de champagne que había conquistado fatalmente su pobre corazón estremecido. Como entonces, un mozo con cara de luna llena disponía sobre una bandeja redonda, con celo astral, cincuenta vasos para una fiesta de bodas. Esa vez eran de murphy-fanfasía. Eran las tres menos ocho minutos. Al cruzar el vestíbulo hube de sortear un grupo de damas que con mille graces se despedían de un almuerzo. Una de ellas me reconoció y se lanzó sobre mí con un súbito grito. Era una mujer baja y corpulenta, vestida de color gris perla, con una pluma delgada, larga, gris, en el sombrero minúsculo. Era la señora Chatfield. Me atacó con una sonrisa ficticia, encendida de curiosidad perversa. (¿Quizá yo había hecho con Dolly lo mismo que Frank Lasalle, un mecánico de cincuenta años, había hecho en 1948 con Sally Horner, de once?) Pronto dominé ese júbilo ávido. Ella pensaba que yo estaba en California. La sorprendía que... Con placer exquisito le informé que mi hijastra acababa de casarse con un joven y brillante ingeniero en minas que tenía una misión archisecreta en el noroeste. Me dijo que desaprobaba los casamientos tan prematuros, que nunca permitiría que Phyllis, ya de dieciocho años...

—Oh, sí desde luego –dije serenamente–. Recuerdo a Phyllis. Phyllis y el campamento... Sí, desde luego. A propósito, ¿le contó ella alguna vez que Charlie Holmes pervertía a las discípulas de su madre?

La sonrisa de la señora Chatfield, ya borrosa, se desintegró por completo.

—¡Qué vergüenza! –exclamó–. ¡Qué vergüenza, señor Humbert! Al pobre muchacho lo han matado hace poco en Corea.

Le pregunté si no pensaba que el giro francés vient de seguido de infinitivo no expresaba con más fuerza los sucesos inmediatos que la construcción «hace poco». Pero tenía que marcharme en seguida, agregué.

Sólo dos cuadras me separaban de la oficina de Windmuller. Me saludó con un apretón de manos lento, fuerte, inquisidor, envolvente. Creía que estaba en California. ¿No había vivido durante algún tiempo en Beardsley? Su hija acababa de ingresar al Beardsley College. ¿Y cómo estaba?... Le di toda la información necesaria sobre la señora Schiller. Sostuvimos una agradable conferencia de negocios. Salí al cálido resplandor de septiembre convertido en un indigente satisfecho.

Ahora que todo estaba en regla podía consagrarme libremente al objeto principal de mi visita a Ramsdale. Según el metódico hábito de que siempre me he enorgullecido, había mantenido la cara de Clare Quilty enmascarada en mi negro calabozo, donde aguardaba mi aparición, juntamente con la del barbero y el sacerdote. Réveillez-vouz. Laqueue, il est temps de mourir! En este instante no tengo tiempo para discutir la mnemotécnica de la fisiognomización –voy rumbo a casa de su tío y ando rápido–, pero permítaseme observar esto: había conservado en el alcohol de la memoria nublada una cara de escuerzo. En dos o tres rápidas ocasiones había advertido su ligero parecido con un comerciante en vinos alegre y más bien repulsivo, un pariente mío que vivía en Suiza. Con sus barras de gimnasia, su tricot hediondo, sus gordos brazos velludos, su calvicie y su criada-concubina de cara de cerdo era, en general, un tunante inocuo. Demasiado inocuo, en verdad, para ser confundido con mi presa. En el estado espiritual en que me encontraba entonces había perdido contacto con la imagen de Trapp. Se la había engullido por completo la cara de Clare Quilty, representado con artística precisión por una fotografía que se exhibía sobre el escritorio de su tío.

En Beardsley, me había entregado a las manos del encantador doctor Molnar para someterme a una operación dental bastante seria que me había dejado unos pocos dientes delanteros de ambos maxilares. Los reemplazantes dependían de un sistema de placas y un alambre invisible que corrían por mis encías superiores. El arreglo era una obra maestra de comodidad y mis caninos gozaban de perfecta salud. Sin embargo, para suministrar a mi oculto propósito un pretexto plausible, dije al doctor Quilty que con la esperanza de aliviar mi neuralgia facial había resuelto hacerme arrancar todos los dientes. ¿Cuánto me costaría una dentadura postiza completa? ¿Cuánto duraría el proceso, suponiendo que fijáramos su comienzo en noviembre? ¿Dónde estaba ahora su sobrino? ¿Sería posible que me los arrancara todos en una sola sesión dramática?

El doctor Quilty (chaqueta blanca, pelo gris, cortado a la prusiana, mejillas grandes y chatas de político), apoyado en el ángulo de su escritorio, mecía un pie seductoramente, como en sueños, mientras elaboraba un plan infinito y glorioso. Primero me colocaría unas placas provisionales, para habituar las encías. Después me haría una dentadura permanente. Le gustaría echar una ojeada a esa boca mía. Usaba zapatos calados, bicolores. No se visitaba con el canalla desde 1949, pero suponía que podía encontrárselo en su hogar ancestral en la carretera Grimm, no lejos de Parkington. Fluctuaba en su noble sueño. Su pie se mecía, su mirada era la de un inspirado. Sugirió que tomáramos las medidas en el acto y que hiciéramos el primer arreglo antes de iniciar las operaciones. Mi boca era para él una espléndida caverna llena de tesoros inapreciables. Pero le prohibí la entrada.

—No –dije–. Pensándolo bien, me trataré con el doctor Molnar. El precio es más elevado, pero desde luego es un dentista mucho mejor que usted.

Ignoro si alguno de mis lectores ha tenido alguna vez oportunidad de decir eso. Es una sensación deliciosa. El tío de Clare permaneció sentado ante el escritorio, aún con su expresión soñadora, pero el pie dejó de mecer la cuna de su exquisita anticipación. Por otro lado, su enfermera, una muchacha marchita y flaca como un esqueleto, con los ojos trágicos de las rubias sin éxito, corrió detrás de mí como para poder cerrar la puerta a mis espaldas.
Póngase el cargador en la culata. Empújese hasta oír que el cargador llega al engranaje. Exquisitamente ajustado. Capacidad: ocho cartuchos. Color: azulado. Dolor: descartado.
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