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Un mecánico de la estación de servicio, en Parkington, me explicó muy claramente cómo llegar hasta el camino Grimm. Deseoso de cerciorarme de que Quilty estaba en su casa, intenté llamarlo, pero supe que su teléfono privado estaba desconectado. ¿Significaba eso que se había marchado? Inicié la marcha hacia la carretera Grimm, doce millas al norte de la ciudad. Para entonces la noche había eliminado ya casi todo el paisaje, y mientras seguía el estrecho y tortuoso camino, una serie de postes bajos, espectralmente blancos, con reflectores, anulaban mis propias luces para indicar tal o cual curva. Pude discernir un valle oscuro a un lado del camino y una ladera arbolada al otro. Frente a mí, como copos de nieve indecisos, las mariposas nocturnas surgían de la negrura en mi aura. A la duodécima milla, como se me anunció, un puente curiosamente techado me envainó durante un instante. Más allá de él, una roca blanqueada surgía a la derecha y poco más adelante al mismo lado viré hacia el camino de granza llamado Grimm. Durante un par de minutos todo fue humedad, oscuridad, denso bosque. Después, Pavor Manor, una casa de madera, con una torrecilla, apareció en un claro circular. El camino de acceso estaba entorpecido por media docena de automóviles. Me detuve bajo el cobertizo de los árboles y apagué mis faros para calcular serenamente qué había que hacer. Debía de estar rodeado por sus secuaces y sus rameras. No pude sino imaginar el interior de ese castillo jocoso y desvencijado como lo habría pintado «Muchachitas engañadas», un relato de una revista de Lo: vagas «orgías», un adulto siniestro de cigarro imponente, drogas, guardaespaldas. Al fin había dado con él. Regresaría en el torpor de la mañana.

Regresé sin prisa a la ciudad, en ese viejo automóvil que trabaja para mí con serenidad y casi con alegría. ¡Lolita! En las profundidades de la guantera aún quedaba una horquilla suya, de tres años de edad. De nuevo la corriente de pálidas mariposas nocturnas succionadas de la noche por la luz de mis faros. Oscuros granjeros se inclinaban aquí y allá, junto al camino. La gente seguía yendo a los cinematógrafos. Mientras buscaba un alojamiento nocturno, pasé una luz de tránsito. En un fulgor selénico, realmente místico por su contraste con la noche maciza y sin luna, sobre una pantalla gigantesca que se esfumaba entre oscuros campos soñolientos, un minúsculo fantasma levantó una pistola, él y su brazo reducidos a una trémula agua turbia por el ángulo oblicuo de ese mundo que retrocedía... y un instante después una fila de árboles interceptó la gesticulación.
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