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35

Dejé el alojamiento "Insomnio" a la mañana siguiente, alrededor de las ocho, y pasé algún tiempo en Parkington. Me obsesionaban presagios de que frustraría la ejecución. Pensé que acaso los cartuchos se habían inutilizado durante una semana de inactividad, quité la cámara y puse otra nueva.

Di tal baño de aceite a mi compinche que ya no pude librarme de su pringue. Lo vendé con un lienzo, como un miembro mutilado, y envolví en otro lienzo unas cuantas balas de repuesto.

Una tormenta de truenos me acompañó durante casi todo el trayecto hacia el camino Grimm, pero cuando llegué a Pavor Manor, el sol se veía de nuevo, ardiendo como un hombre, y los pájaros chillaban en los árboles empapados y humeantes. La casa decrépita y recargada parecía envuelta en una especie de bruma, reflejando, por así decirlo, mi estado de ánimo, pues no pude sino advertir -cuando mis pies se posaron en el suelo elástico e inseguro- que había exagerado el estímulo alcohólico.

Un silencio irónico respondió a mi llamada. En el garage, sin embargo, se veía su automóvil, por el momento un convertible negro. Probé con el llamador. Una vez más, nadie. Con un gruñido petulante, empujé la puerta y... qué bonito: se abrió como en los cuentos de hadas medievales. Después de cerrarla suavemente tras de mí, atravesé un vestíbulo espacioso y horrible; atisbé en un cuarto adyacente; advertí unos cuantos vasos sucios que crecían en la alfombra; resolví que el amo debía dormir aún en su dormitorio.

De modo que me arrastré escaleras arriba. Mi mano derecha tenía asido a mi embozado compinche, en mi bolsillo. Con la mano izquierda me tomaba del pasamanos pegajoso. Inspeccioné tres dormitorios; en uno de ellos evidentemente, había dormido alguien la noche anterior. Había una biblioteca llena de flores. Había un cuarto vacío con grandes y profundos espejos y una piel de oso polar sobre el suelo resbaladizo. Se me ocurrió una idea providencial. Por si el amo regresaba de su caminata por los bosques o emergía de algún cubil secreto, sería más seguro que el tirador inseguro -al que aguardaba una larga faena- impidiera a su contrincante la posibilidad de encerrarse en su cuarto. Así, durante cinco minutos por lo menos, anduve por la casa -lúcidamente insano, frenéticamente calmo, como un cazador encantado y alerta- echando llave en cuanta cerradura veía y guardándome la llave en mi bolsillo con la mano libre. La casa, muy vieja, tenía más posibilidades de intimidad que nuestras casas modernas, donde el cuarto de baño -único lugar con cerradura- debe usarse para las furtivas necesidades de una paternidad proyectada.

Hablando de cuartos de baño, estaba a punto de visitar el tercero cuando el amo salió de él, dejando tras sí una breve cascada. El ángulo de un pasillo no me ocultaba del todo. Tenía la cara gris y los ojos abotagados, y estaba todo lo desgreñado que era posible con su semicalvicie, pero lo reconocí perfectamente cuando me rozó con su bata púrpura, muy semejante a la mía. No me vio, o me descartó como a una alucinación habitual e inocua. Mostrándome sus pantorrillas velludas, bajó la escalera como quien anda en sueños. Guardé en mi bolsillo la última llave y lo seguí al vestíbulo. Había entreabierto la boca y la puerta delantera para atisbar por una hendidura luminosa, pensando sin duda que había oído llamar y alejarse a un visitante.

Después, siempre indiferente al fantasma de impermeable que se había detenido en mitad de la escalera, el amo se dirigió hacia un cómodo boudoir atravesando el vestíbulo y yo -con absoluta tranquilidad, sabiendo que no se me escaparía-, me alejé de él cruzando la sala para ir a desenvolver cuidadosamente a mi sucio compinche en la cocina provista de un bar. Tuve la precaución de no dejar manchas de aceite sobre el cromado: creo que compré un producto malo, negro y terriblemente pegajoso. Con mi habitual minuciosidad, trasladé a mi compinche a un lugar limpio de mi persona y me dirigí hacia el pequeño boudoir. Mis pasos, como he dicho, eran elásticos -demasiado, quizá, para asegurarme el éxito. Pero mi corazón latía con fiero gozo, y pisé un vaso sobre la alfombra.

El amo me vio en la sala oriental.

-¡Eh! ¿Quién es usted? -me preguntó con voz fuerte y vulgar, metidas las manos en los bolsillos de la bata-. ¿Es usted Brewster, por casualidad?

Era evidente que estaba mareado y completamente a mi merced, si podía emplearse esa expresión. Me felicité.

-Eso es... -respondí suavemente-. Je suis monsieur Brustière. Charlemos un momento antes de empezar.

Pareció complicado. El bigotillo color hollín se le crispó. Me quité el impermeable. Tenía puesto un traje oscuro, una camisa negra. No llevaba corbata. Nos sentamos en sendos sillones.

-¿Sabe? -me dijo, rascándose con fuerza la mejilla gris, carnuda y arenosa, y mostrando sus dientes menudos y perlados en una mueca torva-. Usted no se parece a Jack Brewster. Quiero decir que el parecido no es muy evidente... Alguien me dijo que él tenía un hermano en la misma compañía telefónica.

Haberlo atrapado, después de todos esos años de arrepentimiento y furor... Mirar los pelos negros en el dorso de sus manos regordetas... Errar con cien ojos sobre sus sedas purpúreas y el pecho hirsuto, previendo los agujeros... Saber que ese canalla semianimado, infrahumano, era el que había sodomizado a mi amada... ¡Oh, amada mía, ésa era una bendición suprema!

-No, lo siento, pero no soy ninguno de los Brewster.

Sacudió la cabeza, aún más complacido que antes.

-Adivine de nuevo, muchacho.

-Ah, conque no ha venido usted a fastidiarme acerca de esas llamadas de larga distancia... -dijo el muchacho.

-Lo hace usted de cuando en cuando. ¿No es cierto?

-¿Cómo?

Dije que había dicho que había pensado que él había dicho que nunca había...

-La gente -dijo-, la gente en general... No lo acuso a usted, Brewster, pero, ¿sabe usted?, es absurdo cómo la gente invade esta maldita casa sin tomarse siquiera el trabajo de llamar. Usan vaterre, usan la cocina, usan el teléfono, Phil llama a Filadelfia, Pat llama a la Patagonia... Me niego a pagar. Tiene usted un acento curioso, capitán.

-Quilty -dije-. ¿Se acuerda usted de una niña llamada Dolores, Haze, Dolly Haze? ¿Llamó Dolly a Dolores, en Colorado?

-Claro... debió hacer esa llamada, sin duda... A cualquier lugar. Paraíso, Washington, Cañón del Infierno... ¿A quién le importa?

-A mí, Quilty. ¿Sabe usted? Soy su padre.

-¡Ridículo! Qué va usted a ser... -dijo-. Usted es algún agente literario extranjero. Un francés tradujo una vez mi Carne altiva por la Fierté de la Chair. Absurdo.

-Era mi hija, Quilty.
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