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Lo que sigue es un poco más vulgar e insulso. Bajé lentamente la cuesta y después me encontré marchando con el mismo ritmo perezoso en dirección opuesta a Parkington. Había dejado el impermeable en el boudoir y a mi compinche en el cuarto de baño. No, no era una casa donde me habría gustado vivir. Me pregunté ociosamente si algún cirujano de genio no podría alterar su carrera y quizá el destino todo de la humanidad reviviendo a Quilty. Clare Obscure. No es que me importara. En general quería olvidar la cosa. Y cuando supe que estaba muerto, la única satisfacción que me dio la noticia fue el alivio de saber que no necesitaba acompañar mentalmente, y durante meses, una convalecencia penosa y repugnante, interrumpida por toda clase de operaciones inimaginables y recaídas, y quizá rematada por una visita suya, con la consiguiente molestia de racionalizarlo como ser concreto, y no como espectro. Es extraño que el sentido del tacto, tan infinitamente menos precioso para los hombres que la vista, se convierta en los momentos críticos en nuestro principal –si no único– asidero de la realidad. Yo estaba enteramente cubierto por Quilty... por la sensación de ese tumulto antes del crimen.

El camino se extendía ahora en pleno campo. Se me ocurrió –no como protesta, no como símbolo ni nada por el estilo, sino tan sólo como experiencia inédita– que habiendo violado todas las leyes de la humanidad, podía violar ahora las reglas del tránsito. De modo que me deslicé hacia la izquierda de la carretera, y experimenté la sensación, y la sensación era buena. Era una placentera fusión diafragmática, con elementos de vaga tangibilidad, todo sostenido por la idea de que nada podía estar más cerca de una eliminación de las leyes físicas esenciales que conducir deliberadamente por el lado prohibido del camino. En cierto modo, era una comezón muy espiritual. Suavemente, como en sueños, seguí avanzando por ese lado insólito sin pasar las veinte millas por hora. El tránsito era escaso. Los automóviles que de cuando en cuando pasaban por el lado que les habían asignado hacían sonar brutalmente sus bocinas. Al fin me encontré en la cercanía de lugares poblados. Pasar una luz roja fue como un sorbo de borgoña prohibido durante mi niñez. Mientras tanto, fueron surgiendo complicaciones. Era seguido y escoltado. Al fin vi frente a mí dos automóviles situados de tal manera que interceptaban por completo mi camino. Con un movimiento gracioso salí de la carretera y después de dos o tres barquinazos subí por una pendiente cubierta de hierba, entre vacas perplejas, hasta que me detuve con una leve oscilación. Una especie de concienzuda síntesis hegeliana entre dos mujeres muertas.

Pronto me sacarían del automóvil (adiós Melmoth; muchas gracias, viejo amigo). Anticipé mi entrega a muchas manos; no haría nada para cooperar mientras esas manos se movieran y me llevaran, perezosamente abandonado, cómodo, como un paciente, y mientras disfrutaba del extraño goce de los policías y los enfermeros. Y mientras aguardaba que se arrojaran sobre mí en la empinada cuesta, evoqué un último espejismo de asombro y desamparo. Un día, poco después de la desaparición de Lo, un acceso de abominables náuseas me obligó a detenerme en el espectro de un viejo camino montañés que unas veces acompañaba y otras cruzaba una carretera muy reciente, con su población de áster bañándome en la tibieza indiferente de un atardecer apenas azul, a fines del verano. Después de arrojar las entrañas mismas, descansé un instante contra una piedra que corría entre el precipicio y la carretera. Pequeños saltamontes surgían entre la maleza agostada, a los lados del camino. Una nube muy leve abría sus brazos y se movía hacia otra ligeramente sustancial que pertenecía a un sistema más lento. A medida que me acercaba al abismo amistoso, adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos que subía, como vapor, de una pequeña ciudad minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles, y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del vaciadero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes montañas arboladas. Pero aún más luminosa que todos esos colores apaciblemente alegres –pues hay colores y sombras que parecen divertirse en buena compañía–, más brillantes y soñadores para el oído que los ojos, era esa vaporosa vibración de sonidos acumulados que no cesaban un solo instante, mientras se elevaban hasta el labio de granito junto al cual me secaba la boca manchada. Y pronto comprendí que todos esos sonidos tenían una misma naturaleza, que eran los únicos sonidos provenientes de las calles de la ciudad transparente, en cuyas casas permanecían las mujeres esperando a los hombres. ¡Lector! Lo que oía no era sino la melodía de los niños que jugaban, no era sino eso. Y tan límpido era el aire, que dentro de ese vapor de voces mezcladas, majestuosas y minúsculas, remotas y mágicamente cercanas, francas y divinamente enigmáticas, podía oír de cuándo en cuando, como liberado, un estallido de risa viviente casi articulado, o el bote de una pelota, o el tintineo de un vagón de juguete, pero en realidad, todo estaba demasiado lejos para distinguir un movimiento determinado en las calles apenas esbozadas. Me quedé escuchando esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto.

Ésta es, pues, mi historia. La he releído. Se le han pegado pedazos de médula, y costras de sangre, y hermosas moscas de fulgor verde. En tal o cual recodo del relato siento que mi yo evasivo se me escapa, deslizándose en aguas más hondas y profundas que las sondeadas. He disfrazado cuanto he podido, para no herir a las gentes. Y he jugueteado con muchos seudónimos antes de dar con uno que se me adaptara convenientemente. En mis notas figuran «Otto Otto» y «Mesmer Mesmer», pero por algún motivo creo que el escogido es el que mejor expresa mi suciedad.

Hace cincuenta y seis días, cuando empecé a escribir Lolita, primero en la sala de observación para psicópatas, después en esta reclusión bien caldeada, aunque sepulcral, pensé que emplearía estas notas in toto durante mi juicio, no para salvar la cabeza, desde luego, sino el alma. En plena tarea, sin embargo, comprendí que no podía exhibir a Lolita mientras viviera. Quizá use partes de esta memoria en sesiones herméticas, pero su publicación ha de diferirse.

Por motivos que quizá parezcan más evidentes de lo que son en realidad, me opongo a la pena capital. Confío que el juez comparta tal actitud. De haber comparecido ante mí mismo, habría condenado a Humbert a treinta y cinco años por violación y habría descartado el resto de las acusaciones. Pero aun así, Dolly Schiller me sobrevivirá sin duda muchos años. He tomado la siguiente resolución, con todo el sostén y el impacto legal de un testamento firmado:
Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva.

Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de C. Q. Había que elegir entre él y H. H. y era preciso que H. H. viviera a lo menos un par de meses más, para que tú vivieras después en la mente de generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.
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