36

Lo que sigue es un poco más vulgar e insulso. Bajé lentamente la cuesta y después me encontré marchando con el mismo ritmo perezoso en dirección opuesta a Parkington. Había dejado el impermeable en el boudoir y a mi compinche en el cuarto de baño. No, no era una casa donde me habría gustado vivir. Me pregunté ociosamente si algún cirujano de genio no podría alterar su carrera y quizá el destino todo de la humanidad reviviendo a Quilty. Clare Obscure. No es que me importara. En general quería olvidar la cosa. Collapse )

(no subject)

En el estado en que se encontraba nada podía amilanarlo. Pero sus alardes no eran del todo convincentes. Una especie de cauteloso recelo animó sus ojos con un remedo de vida. Pero en seguida volvieron a nublarse.

-Las niñas me gustan mucho -dijo-, y sus padres se encuentran entre mis mejores amigos.

Volvió la cabeza, buscando algo. Se palpó los bolsillos. Intentó incorporarse del sillón.

-¡Quieto! -dije, quizá en voz más alta de lo que me había propuesto.

-No necesita gritarme -se quejó de un modo curiosamente femenino-. Sólo quería un cigarrillo. Me muero por un cigarrillo.

-Morirá de todos modos.

-Oh, basta... empieza a aburrirme. ¿Qué quiere usted? ¿Es francés, diga? ¿Quién demonios es usted? Vamos al bar y tomemos un...

Vio la pequeña arma negra que tenía en la palma de mi mano como ofreciéndosela.

-¡Epa! -dijo arrastrando las vocales (ahora imitaba la farfulla indecente de las películas)-. Qué bonito revólver tiene ahí... ¿Cuánto quiere por él?

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35

Dejé el alojamiento "Insomnio" a la mañana siguiente, alrededor de las ocho, y pasé algún tiempo en Parkington. Me obsesionaban presagios de que frustraría la ejecución. Pensé que acaso los cartuchos se habían inutilizado durante una semana de inactividad, quité la cámara y puse otra nueva.

Di tal baño de aceite a mi compinche que ya no pude librarme de su pringue. Lo vendé con un lienzo, como un miembro mutilado, y envolví en otro lienzo unas cuantas balas de repuesto.

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34

Un mecánico de la estación de servicio, en Parkington, me explicó muy claramente cómo llegar hasta el camino Grimm. Deseoso de cerciorarme de que Quilty estaba en su casa, intenté llamarlo, pero supe que su teléfono privado estaba desconectado. Collapse )

33

Vuelta a Ramsdale. Llegué hasta ella desde el lago. El soleado mediodía era todo ojos. Mientras me acercaba en mi automóvil enlodado, podía distinguir destellos de agua plateada entre los pinos lejanos. Viré hacia el cementerio y caminé entre los monumentos de piedra largos y bajos. Bonzhur, Charlotte. En algunas tumbas había pequeños pabellones nacionales pálidos y transparentes, clavados en el aire sin viento, bajo las siemprevivas. Vaya, Ed, qué mala suerte la tuya –me refiero a G. Edward Grammar, gerente de una oficina de Nueva York, de treinta y cinco años, acusado por entonces de haber asesinado a su mujer, Dorothy, de treinta y tres años–. Ed planeó el crimen perfecto: aporreó a su mujer y la metió en un automóvil. La cosa se descubrió cuando dos policías patrulleros del distrito vieron el enorme y flamante Chrysler azul de la señora Grammar –regalo de cumpleaños de su marido– que bajaba a velocidad fantástica de una colina, precisamente en la jurisdicción de los policías. (¡Dios bendiga a nuestros buenos polizontes!) El automóvil rozó un poste, subió un terraplén cubierto de cincoenramas, enredaderas y frambuesas silvestres, y volcó. Las ruedas aún giraban silenciosas en el resplandor del sol cuando los policías sacaron el cuerpo de la señora G. Al principio lo tomaron por un accidente común. Pero, ay, el cuerpo magullado de la mujer no se avenía con los daños insignificantes del automóvil. Collapse )

32

Hubo un día, durante nuestro primer viaje —nuestro primer ciclo paradisíaco–, en que para gozar en paz de mis fantasmas resolví firmemente ignorar lo que no podía dejar de percibir, el hecho de que no era el novio de Lo, ni un hombre arrebatador, ni un muchacho, ni siquiera una mera persona, sino tan sólo dos ojos y una libra de carne..., para mencionar únicamente cosas mencionables. Hubo un día en que después de faltar a la promesa hecha a Lo en la víspera (no recuerdo en qué había puesto ella su cómico corazoncito, o en una pista de patinaje con un peculiar suelo de material plástico o en una función cinematográfica a la que deseaba ir sola), pude ver desde el cuarto de baño, mediante una combinación de espejo y puerta abierta, una expresión de su rostro. Collapse )

(no subject)

En ese solitario paradero entre Coalmont y Ramsdale (entre la inocente Dolly Schiller y el jovial tío Ivor), examiné de nuevo la situación. Volvía a verme juntamente con mi amor, con la mayor claridad. Los intentos previos parecían fuera de foco, comparados con éste. Un par de años antes, guiado por un inteligente confesor de habla francesa al que había revelado en un momento de curiosidad metafísica, un ocre ateísmo de protestante hacia la anticuada salvación papal, esperaba deducir de mi sentido del pecado la existencia de un Ser Supremo. En esas heladas mañanas de la escarchada Quebec, el buen sacerdote trabajó en mí con finísima ternura y comprensión. Le estoy infinitamente agradecido a él y a la institución que representaba. Pero, ay, me sentía incapaz de trascender el simple hecho humano de que ningún solaz espiritual que pudiera encontrar, ninguna eternidad litofánica que pudiera entregárseme, nada podía hacer que mi Lolita olvidara la insensata lujuria que le había contagiado. A menos que se me pruebe -a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción- que en el infinito no importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado. Para citar a un viejo poeta:

The moral sense in mortals is the duty
We have to pay on mortal of beauty*.

30

Como salí de Coalmont a eso de las cuatro de la tarde (por la ruta X, no recuerdo el número), pude llegar a Ramsdale al amanecer, pero un atajo me tentó. Tenía que tomar la carretera Y. El mapa me demostró que más allá de Woodbine, a donde llegué al anochecer, podía salir del pavimento X y tomar el pavimento Y siguiendo por un camino de tierra transversal. Sólo medía cuarenta millas según el mapa. De lo contrario, debía seguir otras cien millas por X y entonces demorarme por Z para llegar hasta Y y mi destino. Sin embargo, el atajo en cuestión empeoró cada vez más, cada vez se llenó de más baches y fango, y cuando intenté volver atrás después de unas diez millas de marcha ciega, tortuosa y con lentitud de tortuga, mi viejo y débil Molmoth se empantanó. Collapse )

(no subject)

Arrojó la ceniza de su cigarrillo, con un rápido golpe del índice, hacia el hogar, exactamente como solía hacerlo su madre. Y después, como su madre, oh Dios mío, se quitó con la uña un fragmento de papel de cigarrillo pegado en el labio. No. No me había traicionado. Yo estaba entre sus amigos. Edusa le había advertido que a Cue le gustaban las niñas, que había estado a punto de estar preso, en verdad (encantadora verdad), y que él sabía que ella lo sabía... Sí... El codo en la palma de una mano, una sonrisa, el humo exhalado, la ceniza hacia el hogar. Pálidas reminiscencias. Él –una sonrisa– lo sabía todo sobre cada uno y cada cosa, porque no era como tú ni como yo, era un genio. Un gran tipo. Muy divertido. Se había doblado de risa cuando ella le confesó su historia conmigo, y dijo que ya lo había previsto. Collapse )

29

Bajé del automóvil y cerré la puerta. Qué concreto, qué rotundo, se oyó ese portazo en el vacío día sin sol. Guau, comentó el perro distraídamente. Apreté el timbre, que vibró por todo mi sistema nervioso. Personne. Je resonne, Repersonne.

Un par de centímetros más alta. Anteojos de armazón rosada. Nuevo peinado hacia arriba, orejas nuevas. ¡Qué simple! El momento, la muerte que había imaginado durante tres años era simple como un pedazo de madera seca. Estaba francamente, inmensamente encinta. La cabeza parecía más pequeña (sólo transcurrieron dos segundos, en realidad, pero permitidme asignarles tanta duración como puede sobrellevar la vida) y sus pálidas mejillas estaban hundidas y sus piernas y brazos desnudos habían perdido su tinte bronceado, de modo que se notaba el vello. Llevaba un vestido de algodón sin mangas, color pardo, y zapatillas de paño sucias de fango.

—¡Tú! –exclamó después de una pausa, con todo el énfasis de la sorpresa y la bienvenida.

—¿Tu marido está en casa? –grazné, con el puño en el bolsillo.

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