humbert07 (humbert07) wrote in lolita07,
humbert07
humbert07
lolita07

Arrojó la ceniza de su cigarrillo, con un rápido golpe del índice, hacia el hogar, exactamente como solía hacerlo su madre. Y después, como su madre, oh Dios mío, se quitó con la uña un fragmento de papel de cigarrillo pegado en el labio. No. No me había traicionado. Yo estaba entre sus amigos. Edusa le había advertido que a Cue le gustaban las niñas, que había estado a punto de estar preso, en verdad (encantadora verdad), y que él sabía que ella lo sabía... Sí... El codo en la palma de una mano, una sonrisa, el humo exhalado, la ceniza hacia el hogar. Pálidas reminiscencias. Él –una sonrisa– lo sabía todo sobre cada uno y cada cosa, porque no era como tú ni como yo, era un genio. Un gran tipo. Muy divertido. Se había doblado de risa cuando ella le confesó su historia conmigo, y dijo que ya lo había previsto. Dadas las circunstancias, no había ningún peligro en decirle...

Con que Cue6... Todos los días Cue...

Su campamento, hacía cinco años. Curiosa coincidencia... La llevó a un rancho formidable, a un día de Elephant (Elphinstone). ¿Cómo se llamaba? Oh, un nombre gracioso... Rancho «Duk Duk» –qué tontería, verdad–; pero eso poco importaba ahora, porque el lugar ya no existía. De veras, yo no podía imaginarme qué formidable era ese rancho. Tenía toda clase de cosas, ¡hasta una cascada en su interior! ¿Recordaba yo a ese tipo pelirrojo con quien nosotros («nosotros»: esto sonaba bien) habíamos jugado una vez? Bueno, ese lugar pertenecía en realidad al hermano de Red, pero se lo había prestado a Cue por el verano. Cuando aparecieron ella y Cue, los demás los hicieron pasar por una ceremonia de coronación y después, una zambullida terrible, como cuando se cruza el Ecuador. Tú conoces eso.

Levantó los ojos con sintética resignación.

—Sigue, por favor.

Bueno. Lo proyectado era que Cue la llevaría en septiembre a Hollywood y conseguiría que la aprobaran, que le dieran una parte en una escena de tenis, durante una película basada en una obra suya: Tripas doradas. Y quizá hasta la convertiría en «doble» de una de sus sensacionales estrellitas, en la cancha de tenis. Pero, ay, nada de eso ocurrió.

—¿Dónde está ese cerdo ahora?

No era un cerdo. Era un gran tipo, en muchos sentidos, pero no hacía más que emborracharse y drogarse. Y desde luego, para las cosas sexuales estaba completamente acabado y sus amigos eran sus esclavos. Yo no podía imaginarme (¡yo, Humbert, no podía imaginarme!) las cosas que hacía en Duk Duk. Ella se negó a tomar parte en ellas porque lo quería, y él la echó.

—¿Qué cosas?

—Oh... inmundas, horribles. Tenía allí a dos chiquillas y a dos muchachos, y tres o cuatro hombres, y pretendía que todos nos enredáramos desnudos mientras una vieja filmaba películas.
(La Justine de Sade tenía doce años cuando empezó).

—¿Qué cosas, exactamente?

—Oh... cosas. Oh... realmente, yo...

Murmuró ese «yo» como un grito retenido, mientras atendía a la fuente del dolor. Falta de palabras, extendió los cinco dedos y movió arriba y abajo la mano angulosa. No, no podía decirlo, se negaba a dar detalles con esa criatura en el vientre.

Eso era explicable.

—Nada de eso importaba ahora –dijo esponjando un almohadón gris con el puño y después echándose sobre él, boca arriba, sobre el diván.

—Locuras, inmundicias. Le dije que no. Yo no iba a (empleó con absoluta despreocupación un repulsivo término vulgar que en traducción literal francesa sería souffler)... a esos muchachitos del demonio sólo porque a él se le antojara. Y me echó.

No había mucho más que contar. En ese invierno de 1949, Fay y ella encontraron trabajo. Durante casi dos años había andado a la deriva... haciendo trabajitos en algún restaurante de algún lugarejo. Después había conocido a Dick. No, no sabía dónde estaba el otro. En Nueva York, suponía. Desde luego, era tan famoso que ella lo habría encontrado en seguida si hubiera querido. Fay había tratado de volver al rancho... pero encontró que ya no existía... se había quemado por completo, no quedaba nada. Sólo un montón de basura quemada. Fue algo tan raro, tan raro...

Cerró los ojos y abrió la boca, reclinada sobre el almohadón, con un pie apoyado en el suelo, dentro de su zapatilla. El piso de madera estaba inclinado: una bolita de acero había rodado hacia la cocina. Ya sabía cuanto quería saber. No tenía la intención de torturar a mi amada. En algún lugar, más allá de la casucha de Bill, una voz radiotelefónica festejaba el trabajo terminado cantando acerca del destino y la pasión; y allí estaba mi Lo, con su belleza estropeada, sus manos adultas y venosas, sus brazos de piel de gallina, sus orejas chatas, sus axilas desgreñadas. Allí estaba mi Lolita, definitivamente gastada a los diecisiete años, con esa criatura que ya soñaba en su vientre con llegar a ser un gran borracho y con retirarse hacia 2020, anno Domini. La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo. No era sino el vago humo violeta, el eco muerto de la nínfula sobre la cual me había arrojado con tales gritos en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arroyo, y un último grillo sobre la crespa maleza..., pero gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péché radieux, se había agostado: vicio estéril y egoísta, yo lo anulaba, lo maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esa Lolita, pálida y manchada, con otra niña en su vientre, pero siempre con sus ojos grises, siempre con sus pestañas negras, siempre castaña y almendra, siempre mi Carmencita, siempre mía. Changeons de vie, ma Carmen, allons vivre quelque part ou nous ne serons jamais séparés. ¿Ohio? ¿El agreste Massachusetts? Poco importa que sus ojos se marchitaran en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y rajaran, que su triángulo delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara... aun así me enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.

—Lolita –dije–, esto quizá no tenga pies ni cabeza, pero debo decírtelo. La vida es muy corta. De aquí a ese viejo automóvil que conoces tan bien hay sólo un trecho de veinte, veinticinco pasos. Es un trecho muy corto. Da esos veinticinco pasos. Ahora. Ahora mismo. Vente así, como estas. Y viviremos felices el resto de nuestras vidas.

Carmen, voulez-vous venir avec moi? –¿Quieres decir...? –dijo abriendo los ojos e irguiéndose apenas: la serpiente a punto de morder–. ¿Quieres decir que nos (nos) darás ese dinero sólo si me voy contigo a un hotel? ¿Eso es lo que quieres decir?

—No. Has entendido mal. Quiero que dejes a este Dick transitorio, este horrible agujero, que te vengas a vivir conmigo, que mueras conmigo, que lo hagas todo conmigo.

—Estás loco –dijo con los rasgos crispados.

—Piénsalo, Lolita. Nada te ata. Salvo, quizá... bueno, no importa.

Una tregua, quería decir, pero no lo dije.

—De todos modos, aunque rehuses te daré tu... trousseau.

—¿En serio? –preguntó Dolly.

Le tendía un sobre con cuatrocientos dólares en efectivo y un cheque por otros tres mil seiscientos más.

Recibió mi petit cadeau recelosa, desconcertada; después su frente adquirió un hermoso tinte rosado.

—¿Quieres decir –dijo con énfasis agonizante –que nos das cuatro mil dólares?

Me cubrí la cara con la mano y estallé en el llanto más ardiente que había conocido en mi vida. Sentía que las lágrimas caían a través de mis dedos, por la barbilla, y me quemaban, y la nariz se me tapó, y no podía parar, y entonces ella me tocó la muñeca.

—Me moriré si me tocas –dije–, ¿De veras no quieres venir conmigo? Dime eso tan sólo.

—No, querido, no.

Nunca me había llamado querido antes.

—No –dijo–, no puedo pensar siquiera en eso. Antes preferiría volver con Cue. Quiero decir...
No encontró las palabras. Se las proporcioné mentalmente («Él me destrozó el corazón. Tú apenas me destruiste la vida»).

—Creo que... –se interrumpió: «epa», el sobre había caído al suelo–. Creo que es formidable de tu parte darnos este montón de plata. Lo arregla todo y podremos empezar la semana próxima. Deja de llorar, por favor. Tienes que comprender. Toma un poco de cerveza. Oh, no llores. No sabes cuánto siento haberte engañado tanto... pero así fueron las cosas.
Me sequé la cara y los dedos. Ella sonrió al cadeau. Estaba radiante. Quería llamar a Dick. Dije que me marcharía en el acto: no quería verlo. Tratamos de encontrar algún tema de conversación. Por algún motivo, yo seguía viendo –temblaba y brillaba con fulgor satinado en mi retina húmeda– a una luminosa niña de doce años sentada en un umbral, arrojando guijarros a una lata sucia. Estuve a punto de decir, procurando hacer una observación superficial. «Me pregunto a veces qué habrá sido de la pequeña McCoo... ¿pudo mejorar?» Pero me detuve a tiempo, por temor de que ella agregara: «Me pregunto a veces qué habrá sido de la pequeña Haze...» Al fin volví a las cuestiones monetarias. Esa suma, dije, representaba más o menos las rentas de la casa de su madre; ella dijo: «¿No la habías vendido hace años?» No (admito que se lo había dicho para cortar toda relación con R. ); un abogado le enviaría después un informe detallado de la situación financiera. Era muy buena. Algunos de los títulos comprados por su madre habían subido cada vez más. Sí, estaba convencido de que debía irme. Debía irme, y encontrarlo, y acabar con él.

Como no habría sobrevivido al roce de sus labios, empecé a retroceder en una danza absurda. Y a cada paso mío, ella y su barriga avanzaban hacia mí.

Me despidió junto a su perro. Me sorprendió (éste es un efecto retórico: no me sorprendió en absoluto) que ver el viejo automóvil en que había andado cuando era una niña y una nínfula la dejara tan indiferente. Sólo observó que en algunos puntos comenzaba a oxidarse. Dije que era suyo, que yo podía viajar en ómnibus. Me dijo que no fuera tonto, que volarían a Júpiter y se comprarían un automóvil allí. Dije que yo le compraría ese mismo por quinientos dólares.

—A este paso, pronto seremos millonarios –dijo Dolly al perro extático.

Carmencita, lui demandais-je...

—Una última palabra –dije en mi inglés abominable y cuidadoso–. Estás bien segura... Bueno, no mañana, desde luego, ni pasado mañana, pero... Bueno, algún día, si quieres venirte a vivir conmigo... Crearé un nuevo Dios y le agradeceré con gritos desgarradores si me das una esperanza microscópica.

—No –dijo ella sonriendo–. No.

—Qué distinto habría sido... –dijo Humbert Humbert.

Entonces tomé el revólver... Ésa es la tontería que aguarda el lector. Pero no se me ocurrió siquiera.

—¡Adióoooos! –cantó mi dulce, inmortal, desaparecido amor norteamericano.

Porque ella estará muerta e inmortalizada cuando lean ustedes esto. Quiero decir que así lo han dispuesto las llamadas autoridades.

Después mientras me alejaba, oí que llamaba con voz vibrante a su Dick. Y el perro empezó a trotar junto a mi automóvil como un delfín gordo, pero era demasiado pesado y viejo, y pronto abandonó.

Y al fin me encontré en medio de la llovizna del día moribundo, con los limpiaparabrisas en pleno funcionamiento, pero incapaces de detener mis lágrimas.
Subscribe

  • 36

    Lo que sigue es un poco más vulgar e insulso. Bajé lentamente la cuesta y después me encontré marchando con el mismo ritmo perezoso en dirección…

  • (no subject)

    En el estado en que se encontraba nada podía amilanarlo. Pero sus alardes no eran del todo convincentes. Una especie de cauteloso recelo animó sus…

  • 35

    Dejé el alojamiento "Insomnio" a la mañana siguiente, alrededor de las ocho, y pasé algún tiempo en Parkington. Me obsesionaban presagios de que…

  • Post a new comment

    Error

    default userpic
    When you submit the form an invisible reCAPTCHA check will be performed.
    You must follow the Privacy Policy and Google Terms of use.
  • 1 comment