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Hubo un día, durante nuestro primer viaje —nuestro primer ciclo paradisíaco–, en que para gozar en paz de mis fantasmas resolví firmemente ignorar lo que no podía dejar de percibir, el hecho de que no era el novio de Lo, ni un hombre arrebatador, ni un muchacho, ni siquiera una mera persona, sino tan sólo dos ojos y una libra de carne..., para mencionar únicamente cosas mencionables. Hubo un día en que después de faltar a la promesa hecha a Lo en la víspera (no recuerdo en qué había puesto ella su cómico corazoncito, o en una pista de patinaje con un peculiar suelo de material plástico o en una función cinematográfica a la que deseaba ir sola), pude ver desde el cuarto de baño, mediante una combinación de espejo y puerta abierta, una expresión de su rostro. No puedo describir exactamente esa expresión... Una expresión de desamparo tan perfecto que parecía diluirse hacia una apacible vacuidad, precisamente porque ése era el límite mismo entre la injusticia y la frustración –y cada límite presupone algo tras él–; de allí la iluminación neutra. Y si se piensa que éstas eran las cejas alzadas, que ésos eran los labios entreabiertos de una niña, se apreciará mejor qué profundidad de calculada carnalidad, qué desesperación refleja me impedía caer a sus pies y disolverme en lágrimas humanas y sacrificar mis celos a cualquier placer que Lolita esperaba obtener mezclándose con niños sucios y peligrosos en un mundo exterior que era real para ella.

Otros recuerdos sofocados surgen ahora formando monstruos desmembrados de dolor. Una vez, al fin del crepúsculo, en una calle de Beardsley. Lo se volvió hacia la pequeña Eva Rosen –yo llevaba a las dos niñas a un concierto y caminaba tras ella, tan cerca que casi la rozaba con mi cuerpo–, y con gran serenidad y severidad, respondiendo a algo que la otra le había dicho («Prefiero morirme antes de oír hablar a Milton Pinsky –un colegial amigo de ella– sobre música»), observó:

—¿Sabes?... Lo espantoso de morirse es que se queda uno tan librado a sí mismo.

Y mientras mis piernas de autómata seguían andando, me impresionó el hecho de que sencillamente no sabía una palabra sobre el espíritu de mi niña querida, y que sin duda, más allá de los terribles clichés juveniles, había en ella un jardín y un crepúsculo y el portal de un palacio: regiones vagarosas y adorables, completamente prohibidas para mí, ajenas a mis sucios andrajos y a mis convulsiones. Pues a menudo había advertido que en esa vida que llevábamos, en ese mundo de mal absoluto, sentíamos un extraño pudor toda vez que discutíamos algo que podían haber discutido ella y un amigo más antiguo, ella y un pariente, ella y un muchacho sano al que quisiera de veras, yo y Annabel, Lolita y un Harold Haze sublime purificado, analizado, delicado; una idea abstracta, un cuadro, el moteado Hopkins o el trasquilado Baudelaire, Dios o Shakespeare, cualquier cosa genuina. ¡Santo Dios! Acorazaba su vulnerabilidad mediante ataques groseros y ostentando todo su aburrimiento, mientras yo, formulando mis comentarios desesperadamente inconexos en un tono artificial que me daba frío en mis últimos dientes verdaderos, provocaba en mi auditorio tales estallidos de rudeza que hacía imposible toda conversación ulterior, oh mi pobre niña escaldada. Te quería. Era un monstruo pentápodo, pero te quería. Era despreciable y brutal, y depravado y cuanto podía imaginarse, mais je t'aimais, je t'aimais! Y había momentos en que sabía cuanto pasaba por ti, y saberlo era el infierno, mi pequeña Dolita, aguerrida Dolly Schiller.

Recuerdo ciertos momentos, llamémoslos témpanos paradisíacos, en que después de saciarme de ella –al cabo de fabulosos, dementes conatos que me dejaban exhausto y transido de azul–, la recogía en mis brazos, al fin con un mudo plañido de ternura humana (su piel brillaba a la luz de neón que llegaba del camino pavimentado, a través de las varillas de la persiana, y tenía las negras pestañas pegoteadas y los ojos más vacíos que nunca, exactamente como los de una pequeña paciente todavía mareada por una droga, después de una operación grave), y la ternura se ahondaba en vergüenza y desesperación, y yo sostenía y mecía a mi solitaria y pequeña Lolita en mis brazos de mármol, y gemía en su pelo tibio, y de cuando en cuando la acariciaba y pedía su bendición sin palabras, y en la cúspide misma de esa ternura humana, agonizante, generosa –mi corazón estaba pendiente de su cuerpo desnudo, ya en vías de arrepentimiento–, súbitamente, irónicamente, horriblemente, el deseo se henchía de nuevo y... oh, no, decía Lolita con un suspiro al cielo, y un momento después la ternura y el azul... todo estallaba.

Las ideas surgidas a mediados del siglo XX sobre las relaciones entre hijos y padres, se han inficionado con la jerigonza escolástica y los símbolos estandarizados del aparato psicoanalista, pero supongo que me dirijo a lectores imparciales. Una vez en que el padre de Avis tocó la bocina de su automóvil, en la calle, para avisar que papá había ido en busca de su chiquilla, me sentí obligado a invitarlo a la sala. Se quedó unos minutos, y mientras conversábamos, Avis, una niña poco atractiva, pesada y cariñosa, se acercó a él y se instaló sobre sus rodillas. No recuerdo si he dicho que Lolita tenía siempre para los extraños una sonrisa encantadora, una dulce tibieza que fluía de sus ojos, una soñadora irradiación de sus rasgos. Nada de ello significaba nada, desde luego, pero era tan hermoso, tan enternecedor que era difícil reducirlo a una célula mágica que iluminaba automáticamente su rostro, como el atavismo de un antiguo rito de bienvenida –prostitución hospitalaria, dirá el lector grosero–. Bueno, mientras el señor Byrd hacía girar su sombrero y me decía gracias y... ah, sí, qué tonto soy, había olvidado que me refería a las características principales de la famosa sonrisa de Lolita. Esa irradiación tierna, rectárea, entre hoyuelos, no se dirigía al extraño que estaba en el cuarto, sino que pendía en su propia vacuidad florida, por así decirlo, o fluctuaba con miope blandura sobre objetos indiferentes. ¿Y qué ocurría después? Mientras la gorda Avis trotaba hacia su papá, Lolita sonreía amablemente al cuchillo de postre con que jugueteaba al borde de la mesa, sobre la cual estaba apoyada, a muchas millas de mí. De pronto, mientras Avis se colgaba del cuello de su padre, que envolvía con brazos distraídos a su rechoncha, vi que la sonrisa de Lo perdía toda su luz y se convertía en una pequeña sombra de sí congelada; el cuchillo se deslizó de la mesa y la golpeó con el mango de plata en el tobillo. Lolita gimió, bajó la cabeza y después, saltando sobre un pie con la mueca preliminar con que los niños contienen las lágrimas a punto de estallar, se marchó, seguida de inmediato y consolada en la cocina por Avis, que tenía un maravilloso papá gordo y rosado y un hermanito rechoncho como ella y una hermanita recién nacida y un hogar y dos perros gruñones, mientras que Lolita no tenía nada.

Y tengo un hermoso pendant para esta pequeña escena, también en el decorado de Beardsley. Lolita, que estaba leyendo junto al fuego, se desperezó y preguntó:

—¿Y dónde la han enterrado?

—¿A quién?

—Oh, ya sabes a quién, a mi mamita asesinada.

—Pues tú sabes dónde está la tumba –dije conteniéndome.

Después nombré el cementerio, situado en las afueras de Ramsdale, entre el ferrocarril y la colina de Lakeview.

—Además –agregué–, la tragedia que fue ese accidente resulta abaratada por el epíteto que te parece conveniente aplicarle. Si de veras deseas superar en tu alma la idea de la muerte...

—¡...va! –exclamó Lo por decir «¡Viva!», salió lánguidamente del cuarto.

Durante largo rato miré con ojos fijos el hogar. Después tomé su libro. Era una tontería para jóvenes. Había una triste niña llamada Marión y había una madrastra que, contrariando todas las suposiciones, se revelaba como una pelirroja joven, comprensiva, alegre, que explica a Marión que la madre muerta de Marión había sido, en realidad, una mujer heroica, puesto que había disimulado adrede su gran amor hacia Marión porque se sabía moribunda y no quería que su hija la echara tanto de menos. No corrí a su cuarto entre gritos. Siempre prefería la higiene mental de la no-interferencia. Ahora, hurgando en mi memoria, recuerdo que en esa ocasión como en otras similares, mi costumbre era ignorar los estados de alma de Lolita y consolar a mi propia alma vil. Cuando mi madre, con un lívido vestido húmedo, bajo la bruma que caía (así me la imagino vivamente), corrió jadeando de éxtasis hacia ese puente sobre el Moulinet para ser derribada por un rayo, yo no era sino un niño, y ningún anhelo de la índole aceptada podía haberse injertado en algún momento de mi juventud, por más que los psicoanalistas me preguntaron con salvaje insistencia en mis períodos de depresión posteriores. Pero admito que un hombre con mi poder imaginativo no puede alegar una ignorancia personal de las emociones universales. Acaso yo contara demasiado con las relaciones tan frías y anormales entre Charlotte y su hija. Pero lo esencial, lo más terrible de todo era esto: en el curso de nuestra singular relación, Lolita había advertido con claridad cada vez mayor, que aun la vida de la familia más mísera era preferible a esa parodia de incesto que, a la larga, fue lo único que pude ofrecer a la chiquilla.
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