28

De nuevo en el camino, de nuevo al volante del viejo sedán azul, de nuevo solo. Rita estaba muerta para el mundo cuando leí la carta y luché contra las montañas de agonía que suscitó en mí. La miré: sonreía en su sueño. Le besé la frente húmeda y la dejé para siempre, con una nota de tierno adiós que le pegué al ombligo, pues de lo contrario no la habría encontrado.

¿"Solo" he dicho? Pas tout à fait. Llevaba conmigo a mi pequeño camarada negro y no bien llegué a un lugar retirado proyecté la muerte violenta del señor Richard F. Schiller. Había encontrado un sweater mío, gris, sucio y viejo, en el fondo del automóvil, y lo colgué de una rama, en una muda ciénaga a la cual había llegado por un camino arbolado desde la ya remota carretera. Collapse )

27

Mi buzón, a la entrada del vestíbulo, pertenecía al tipo que permite entrever su contenido a través de una tapa de cristal. Varias veces una embaucadora luz arlequinada que caía a través del vidrio sobre una caligrafía ajena la había convertido en la letra de Lolita, produciéndome casi un síncope mientras me apoyaba en una urna adyacente, a punto de convertirse así en la mía propia. Cada vez que ocurría eso, cada vez que sus garabatos encantadores, intrincados, pueriles, se transformaban de manera horrible en la letra insulsa de uno de mis escasos corresponsales, solía recordarme, con angustiado regocijo, algunas ocasiones de mi pasado confiado y prelastimoso en que una ventana brillante como alhaja, en la acera opuesta, exhibía ante mis ojos avizores, ante el periscopio siempre alerta de mi vicio vergonzoso, a una nínfula semidesnuda, en el acto de peinarse el pelo de Alicia-en-el-País-de-las-Maravillas. Collapse )

(no subject)

Se había apoderado de mí una curiosa ansiedad de revivir mi estadía allí con Lolita. Entraba en una etapa de existencia en la cual abandonaba toda esperanza de alcanzar a su raptor y a ella misma. Ahora intentaba volver a lugares conocidos, a fin de salvar lo que aún podía salvarse en el sentido de souvenir, souvenir, que me veux-tu? El otoño vibraba en el aire. Un pedido de cama doble que el profesor Hamburg envió por correo obtuvo por respuesta una expresión de regret. El lugar estaba colmado. Sólo tenían un cuarto en el sótano, sin baño, con cuatro camas que, pensaban, yo no necesitaría. La nota estaba encabezada así:

EL CAZADOR ENCANTADO
Iglesias en las cercaníasNo se admiten perros
Se expenden todas las bebidas legales


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26

Tenía el doble de la edad de Lolita y tres cuartos de la mía: una adulta muy esbelta, de pelo oscuro y piel pálida, que pesaba cuarenta y ocho kilos, con ojos de encantadora asimetría, perfil angular rápidamente esbozado y una atractiva ensellure en su espalda sutil. Creo que tenía una gota de sangre española o babilónica. La recogí en una depravada noche de mayo, entre Montreal y Nueva York, o más exactamente entre Toylestown y Blake, en un bar ardiente y umbroso bajo el signo de una mariposa nocturna, donde se encontraba amablemente borracha: insistió en que habíamos ido juntos a la escuela y puso su manecita trémula sobre mi manaza de gorila. Mis sentidos estaban ligeramente excitados, pero resolví someterla a una prueba: lo hice, y la adopté como compañera permanente. Era tan amable esa Rita, una chica tan buena, que por pura camaradería o compasión se habría entregado a cualquier falacia o criatura patética, a un viejo tronco caído o un puerco espín desconsolado.

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25

El tema de este libro es Lolita; y ahora qué he llegado a la parte que (de no habérseme anticipado otro mártir de la combustión interna) podría llamarse Dolores Disparue, es punto menos que inútil analizar los tres años vacuos que siguieron. Además de citar algunos pormenores imprescindibles, sólo deseo dar la impresión general de una puerta lateral que se abre en pleno fluir de la vida, y de una ráfaga de negro tiempo rugiente que sofoca con el latigazo de su huracán un grito de solitaria desesperación.

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24

Cuando llegué a Beardsley, en el transcurso de la terrible recapitulación que ya he discutido con bastante extensión, habíase formado en mi mente una imagen completa. Y a través del siempre azaroso proceso de eliminación había reducido esa imagen a la única fuente concreta que podía suministrar la celebración morbosa y la memoria embotada.

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23

Mil millas de un camino suave como seda separaban Kasbeam –donde, con gran candor de mi parte, el demonio rojo había aparecido por primera vez– de la fatal Elphinstone, a la cual habíamos llegado una semana antes del Día de la Independencia.
El viaje nos había llevado casi todo junio, pues apenas habíamos andado más de ciento cincuenta millas por día. Pasábamos el resto del tiempo –hasta cinco días, en un caso– en diversos paraderos, todos ellos también dispuestos de antemano, sin duda. Ése, pues, era el trecho por el cual debía buscar el rastro del demonio; ésa fue la tarea a la cual me consagré después de varios días indescriptibles, durante los cuales fui y vine por los caminos infinitamente reiterados en la vecindad de Elphinstone.

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22

La cabina de dos cuartos que habíamos reservado en un alojamiento de Elphinstone resultó pertenecer al tipo de construcciones de luciente pino que tanto gustaba a Lo en los días de nuestro despreocupado viaje anterior. ¡Oh, qué diferentes eran las cosas ahora! Después de todo... Bueno, en verdad... Después de todo, señores, se hacía cada vez más evidente que todos esos detectives idénticos en automóviles cambiantes eran ficciones de mi manía de persecución, imágenes tautológicas basadas en la coincidencia y el parecido casual. Soyons logiques, decía la parte gálica de mi cerebro, y desarraigaba la noción de un viajante de comercio o un gángster de comedia, chiflado por Lolita, que me perseguía y burlaba y sacaba no poco provecho de mis extrañas relaciones con la ley. Recuerdo que hasta desarrollé una explicación de la llamada telefónica desde "Birdsley"... Pero si podía olvidar a Trapp, si había olvidado mis convulsiones en el jardín de Champion, no podía hacer lo mismo con la angustia de saber a Lolita tan inasequible, tan remota y adorada en las vísperas de una nueva etapa, cuando mis alambiques me decían que dejaría de ser una nínfula, que dejaría de torturarme.

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21

"¡Lo, Lola, Lolita!" Me oigo llamar desde una puerta hacia el sol, en la acústica del tiempo, tiempo abovedado, enriqueciendo mi llamado de reveladora ronquera con tal ansiedad, pasión y dolor, que habrían logrado abrir el cierre relámpago de su mortaja de nylon, de haber estado muerta. ¡Lolita! Al fin la encontré sobre el cuidado césped de una terraza. Había salido antes de que yo estuviera listo. ¡Oh, Lolita! Jugaba con un maldito perro que no era yo. El animal, un terrier de mala muerte, soltaba, volvía a atrapar y apretaba entre sus dientes una pelota roja y mojada. Dio con las patas delanteras unos cuantos botes sobre el elástico césped y después se alejó. Collapse )